Monika Doppert

Uffenheim, Alemania, 1940

Ilustrar para la gente, desde la gente

“Señora, pínteme una foto”, fueron las palabras de un niño muy flaco y de ojos tristes que tenía rato merodeando a Monika Doppert mientras ella hacía unos bocetos en una escalinata irregular y sucia de un barrio de Caracas.1

Doppert tiene la costumbre de vivenciar las situaciones que representa en sus ilustraciones. En una oportunidad declaró: “Como extranjera tenía más necesidad de mirar, sobre todo por estar en un ambiente totalmente desconocido. Cuando viví en El Cementerio (un barrio caraqueño muy cercano al Cementerio del Sur) yo dibujé mi calle ladrillo por ladrillo. Por eso La calle es libre luce tan real, los personajes son mis vecinos. Allí están la gorda Trina, una querida amiga que manejaba una camioneta de la ruta El Silencio-El Cementerio; Juan, quien ya murió; Coromoto, Rosa, Dominga, ‘la negra’ Lola y Ligia, quien era maestra de escuela. También yo iba mucho a Petare, porque conocía a Bruno el bibliotecario”.2

Nacida en Uffenheim, Alemania, en 1940, Doppert llegó a Venezuela en 1968. En su país natal estudió Pintura, Artes Gráficas y Educación Artística en las escuelas de Artes plásticas de Nuremberg, Stuttgart y Munich.

En principio, la razón de su llegada al país tuvo que ver con el traslado laboral de su esposo; situación que, más que ser un compromiso, se convirtió en una oportunidad, pues encontró en Venezuela una importante fuente de inspiración y un espacio para permitirse algunas reflexiones sobre la ilustración, sobre la cultura y sobre la gente. Al llegar se conectó rápidamente con el Instituto de Diseño (de la Fundación Neuman), allí dio clases de diseño e ilustración entre 1969 y 1973. Luego, por un período de dos años retornó a Munich, donde realizó materiales didácticos en el Instituto para los Medios Audiovisuales en la Ciencia y la Educación (FWU).

En 1976, ya instalada nuevamente en Venezuela, asume el trabajo de directora de arte de la revista Tricolor. Fundada en 1942 por Rafael Rivero Oramas (Tío Nicolás) —un insigne cuentista venezolano—, la revista Tricolor fue una publicación editada por el Ministerio de Educación para servir de apoyo docente en el aula. Con frecuencia publicaba textos de tradiciones, efemérides y juegos didácticos. A diferencia de los otros ilustradores que recurrían a representaciones fantásticas o personajes ficticios, Mónica Doppert abogaba por el uso de dibujos de modelo real.

“Para los niños es una necesidad vital orientarse en el mundo en que viven, para poder actuar en él de una forma consciente y exitosa. Los cuentos que los adultos les echan, las imágenes que se les presentan en los libros, revistas y películas, inciden en este proceso de orientación. Son interpretaciones de la realidad de las cuales los niños sacan informaciones y modelos de conducta.

Cuando estas informaciones y modelos no coinciden con lo que el niño conoce por su propia experiencia, se le crea un profundo desconcierto. La falta de coincidencia entre realidad e interpretación de la realidad le puede llevar a pensar que su vida y sus relaciones con el medio que lo rodea son un fenómeno marginal que no cuenta sino en la medida en que se acerca a los modelos difundidos a través de los medios de comunicación. Esto le crea obstáculos para aceptarse a sí mismo y a su propio ambiente y le impide actuar en él de manera productiva. En fin, contribuye a convertirlo en un alienado.

Es evidente que no se gana nada con rechazar el estereotipo extranjero y sustituirlo por uno nacional. Todas las búsquedas de lo típico venezolano o del prototipo llevan inevitablemente de nuevo a la imagen estereotipada.

No existe, por ejemplo, “el niño venezolano”como no existe “el niño norteamericano” ni “el niño” de ningún país del mundo. No existe “el niño venezolano” que pueda representar en una sola imagen a todos los niños de Altamira y a todos los niños del 23 de Enero, los del Delta Amacuro y los de un pueblo perdido en los llanos. Existen millones de niños venezolanos, cada uno un personaje con su historia individual, con sus alegrías y problemas, con sus secretos de niño y sus vivencias, un ser humano e imperfecto. No existe “la familia venezolana”: hay muchas formas de vivir y convivir, cada una un reflejo de una situación económica y social, y resultado de una voluntad o un fracaso individual. Tampoco existe “el árbol”, “la naturaleza”, “la flor”, sino la inmensa riqueza de formas y colores que produce la naturaleza, aquí como en otras partes del mundo. La famosa y tan triturada identidad nacional no se encuentra ni se expresa sino en las millones y millones de formas y vidas individuales.

La tarea del ilustrador no se agota en descubrir y registrar los elementos de la realidad. Es inevitable que la interprete, que a través de su dibujo tome posición. Si uno dibuja, por ejemplo una procesión de viernes Santo en un pueblo, la puede presentar como un espectáculo pintoresco, visto con ojos de turista, puede interpretarla como una manifestación hermosa de una vida en comunidad con valores intactos, o puede dibujarla como un rito hueco, hecho para someter a los inocentes.

Al igual que el autor de textos, el ilustrador carga con la responsabilidad por la interpretación de la realidad que les comunica a los niños a través de sus dibujos”.3

Sembrando escuela

A partir de 1977, y por un período de cuatro años, Doppert se convirtió en la Directora de Arte de la primera editorial venezolana de libros infantiles, Ediciones Ekaré-Banco del libro. Su trabajo sirvió para sentar las bases en la manera como se configuraron las ediciones infantiles donde se buscaba un nuevo enfoque donde se privilegia las ricas historias y tradiciones venezolanas ante la avalancha de personajes y situaciones importados presentados en la televisión.

Según sus propias palabras: “Es evidente que una literatura infantil que se propone ayudar a los niños a relacionarse con su propio mundo de una forma sana, tiene que romper con los esquemas y estereotipos ajenos. En este proyecto les toca a los ilustradores desprenderse de los modelos extranjeros y salir, junto con los niños, al encuentro con la realidad que vivimos aquí y ahora […] Eso, aunque parece una cosa natural y sencilla, no es nada fácil, porque los adultos que hoy tratamos de dar a los niños una visión no distorsionada de nuestra realidad, somos en mayor o menor grado parte y víctimas de la corriente general de desorientación e inseguridad respecto a nuestra propia identidad. Solamente en la medida en que tomamos conciencia de este hecho, somos capaces de intentar alternativas.”

Pero desprenderse de estos modelos exige una buena porción de valor personal, porque significa apartarse de la línea de éxito probado y arriesgarse a quedar “fuera de onda”. También significa prescindir de los resultados aparentemente perfectos, logrados a través de la imitación, para pasar por una fase de inseguridad y búsqueda que por algún tiempo no arrojará sino dibujos imperfectos y tal vez mas o menos torpes. Pero en nuestra situación lo que más nos conviene es desprendemos de la ideología de los resultados rápidos y comprender que el proceso tiene una importancia mucho mayor en estos momentos que el resultado inmediato. Para dar este paso la posibilidad de trabajar con editores y autores conscientes significa un apoyo muy importante para el ilustrador expuesto a las presiones del ambiente comercial que en todos sus niveles le insinúa que siga usando los estereotipos vendibles.” 4

La huella de Doppert se siente en la obra de los nuevos ilustradores venezolanos y se puede decir, sin temor a exageración, que creó una escuela. Su trabajo trasciende las fronteras y las culturas para crear para la gente, desde la gente. Ella se examina en el oficio de ilustrar, se ubica en la experiencia de ver y vivir como método de trabajo.

“A partir de los años setenta se siente un impulso en el libro para niños, surgen varias editoriales y se crea –bajo la batuta de Monika Doppert desde ediciones Ekaré– una escuela en el campo de la ilustración del que dan muestra los trabajos de Morella Fuenmayor, Rosana Faría, Irene Savino, María Fernanda Oliver y Cristina Keller.”5

En el libro Margarita, de Rubén Darío publicado en 1979 por Ediciones Ekaré, Doppert aportó su propia visión autoral al establecer el ritmo narrativo con las ilustraciones. “Yo me di cuenta con Margarita de lo que era un poeta. Al principio me parecía muy cursi eso de que aparezca Jesucristo, o eso de echarle piropos a las niñas primorosas. Pero este texto era tan imaginativo y rico, por su lenguaje y ritmo que me fue envolviendo. Entonces hice mi interpretación, le di la vuelta y resultó que lo que yo interpretaba cabía también dentro de esa poesía”.6

A diferencia del anterior libro de rimas, La calle es libre de Kurusa (Heterónimo de Carmen Diana Dearden), –también de Ediciones Ekaré, 1981–, recrea una historia y un lugar real. Es el caso de los niños del barrio San José de La Urbina, en el oeste de Caracas que no tienen un lugar donde jugar, y motivados por el bibliotecario emprenden una campaña para hacer sentir sus voces. Para hacer esta historia la ilustradora se hizo parte del ritmo del barrio, recorrió sus calles, retrató a sus personajes, aguzó su vista para aprehender lo observado. Esta aproximación vivencial permitió plasmar situaciones que pasaban desapercibidas a los ojos desprevenidos. La calle es libre ha sido traducido a ocho idiomas y ha ganado premios donde se destaca la labor de solidaridad social.

Su tercer libro para Ekaré era una historia para la colección Así vivimosNi era vaca ni era caballo, 1983, es una historia un tanto cruel, un tanto irónica, del primer encuentro de un niño guajiro con un camión: “No era vaca ni era caballo. Ciertamente no era burro, ni era ventarrón, ni cabra. Era una cosa completamente desconocida. Tumbado en el suelo, vi pasar la tal cosa. Jamás había visto algo igual.
No tenía patas. Tenía una cabeza grande de color verde, un cuerpo grueso y pequeño, unas partes negras por debajo y por delante y unos bultos en la frente que podían ser los ojos. En un lado de la cabeza tenía unos huecos, como oídos, y la parte posterior del cuerpo era muy grande. No tenía carne y se le veían las costillas; el lomo era ancho, hueco, sin carne.

Recrear una historia de una etnia tenía dificultades adicionales. Los guajiros, así como los gitanos, cuidan mucho el centro de lo que les queda como cultura, sus secretos, sus misterios, siempre dejan una reserva que está protegida por todos lados. “Uno se acerca hasta donde puede y siempre queda fascinado por lo oculto, pero hay un límite y hay que respetarlo. En la guajira nunca dibujé personas.”

“Traté de reflejar la realidad según la veía y no hacer un indio de comiquita.”, sin embargo cuando, al terminar el boceto fueron a mostrárselo a su autor Miguel Jusayú, quien por cierto es ciego y ‘veía’ a través de los ojos de su hijo. Este último le iba relatando las ilustraciones. Cuando llegó a la parte donde se quema el burro y no se muestra un burro quemándose sino se sugiere una llamarada, era impresionante su cara de decepción. Era el punto culminante y ¡no lo dibujé! Traté de explicarle que los sensibles niños caraqueños no podrían con eso, pero él no entendía. Desde este momento estuve consciente de que era una vista desde afuera”.

Desde 1985 Doppert regresó a Alemania, donde continúa desarrollando su obra como artista.

Jacinto Salcedo, Caracas, 2007

 


1. Barrio en Venezuela es el conjunto de casas de gente pocos recursos que se insertan en sectores marginales de las ciudades, es el equivalente a favelasen Brasil, villa miseria en Argentina o poblaciones callampas en Chile.
2. Salcedo, Jacinto. “La huella de Monika Doppert” El Universal, Caracas, 25 de Junio de 1999.
3. Doppert, Mónika. Dibujar para niños venezolanos . Material mimeografiado. Banco del Libro. Caracas, s/f.
4. Doppert, Mónika. Idem.
5. Tomado de Pata de palo, Sección “Cajón de Sastre” en el sitio web de Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Instituto Pedagógico de Maturín. Dpto. de Lingüística.
6. Doppert, Mónika. Idem.